Cómo jugar con la mente de tu cliente.

Reconócelo.

Has escogido al rey Caranthir, y con ese nombre seguro que has pensado en una historia de batallas entre elfos y orcos.

Y tu mente se ha llenado de imágenes y recuerdos. 

De películas.

De libros.

Eso es porque este viaje no va de mis historias. De esas ya te contaré. Este viaje va de ti, y de tu comunicación. Por eso, al escuchar la palabra elfo seguramente tu mente se va a “El señor de los anillos” de J.R.R. Tolkien. O si eres más de varitas y conjuros, a Dobby, el sirviente de Harry Potter.

Y ya te puedo adelantar que ambos tienen mucho que ver con tu forma de comunicarte.

Porque no es lo mismo comunicar o transmitir la imagen de Legolas.

Ese elfo guapetón con su arco, su melena rubia, su agilidad sobrehumana y esa seguridad en sí mismo que le permite matar orcos sin despeinarse siquiera.

¡Si hasta sus orejas de elfo molan!

Pero no es lo mismo que transmitir la imagen de Dobby, el esclavo.

Bajito, chupado y chepudo, inseguro y con ciertos problemas de dicción.

Y sus orejas no molan, son incómodamente grandes.

Atento.

La primera imagen que ha venido a tu mente al decir elfo, no ha dependido de mí.

Depende de ti.

Y eso es lo que necesitas entender.

Que da igual lo que tú quieras poner en la mente de tu lector.

Ellos ya tienen su propia imagen.

Y si no sabes cuál es, no podrás conectar con él.

Por eso, si te hablo de la espada de Caranthir hay dos historias que vienen a tu cabeza.

Y eso abre ante ti dos opciones.

Dos opciones que definen qué tipo de comunicación prefieres. ¿No te parece increíble?